
Soy soltera porque si no lo fuera, en este momento ya habría firmado los papeles de más de un divorcio, pongo mis manos al fuego por ello. Prefiero no haber pasado por municipalidades ni altares con hombres equivocados y permanecer soltera, aunque ahora resulta que tiene más “status” ser una chica divorciada, que una mujer que nunca se ha casado.
¿Por qué? Porque a una divorciada alguien la quiso, fue la elegida de alguien, un hombre la amó alguna vez. Bueno, he de decir en este punto que a mí me quisieron, amaron y eligieron. La cuestión es que yo quise y amé también, pero elegí no dar el paso siguiente y rechazar esos dos anillos de compromiso. Una vez le rompí el corazón a alguien y la otra me lo rompí yo misma, pero hoy lo agradezco.
Me felicito frente al espejo porque la presión mía y ajena no venció al valor que le puse a mi amor, ni el precio con el que etiqueté a mi futuro.
Me negué a ser una novia de mentira, tambaleándose en un matrimonio que sabía (o tenía serias dudas) que no duraría “toda la vida”. Ahora soy una mujer soltera de verdad, y no me arrepiento. Volvería a hacerlo.
Me gusta ser soltera porque aún ansío una familia, pero no la que imaginaba en mi mente adolescente cuando veía “Candy, Candy” y a los Ingalls, sino desde la madurez de estos años.
Si me hubiera casado, ahora tendría un hijo al que de seguro adoraría, pero que me mantendría unida por la eternidad a un hombre que en otra situación no quisiéramos ver ni en pintura.
Valientes aquellas madres que crecen con sus hijos, solas. Yo no sé si sería capaz. Sin embargo, el pensar que aún tengo la chance de pensarlo mejor, de elegir el momento, de tomar una mejor decisión, me alienta. Así nada asegure que todo saldrá bien, me gusta no “haber tenido un hijo por tenerlo”.
Me gusta seguir soltera sin casi haberme dado cuenta. No me lo propuse, pero sí me rebelé a seguir, cual borreguito, todas las razones establecidas por imposición familiar, una infancia estricta y católica (sigo siendo católica, pero hace rato que no soy una niña), los planes de los padres, las esperanzas de las abuelas, los deseos de los amigos. Discúlpenme por decepcionarlos. Soy la persona que soy, no he dejado de serlo. Soy yo, ni más ni menos, aunque permanezca soltera para pesar de muchos. Soy el bicho raro de mi familia, la mayor, la “dizque” excéntrica, el rompecabezas por descifrar, el dolor de cabeza de mis padres, la que --según otros-- prefiere ir salir con sus amigos que cambiar pañales, la que tuvo que darles el primer nieto, la que muchas mujeres (y hombres) no entienden: ¿cómo puede alguien preferir la soltería? No me negué al matrimonio señoras, me negué a casarme porque fuese “mi deber” hacerlo.
Muchas veces he escuchado que pertenezco al club de las mujeres que “cambiaron” una familia por su carrera. Por favor. Creo que ya estamos en un tiempo en el que no hay que ser mujeres maravilla para poder elegir nuestros caminos con o sin hijos.
Soy adicta a muchas cosas como Internet, comprar aretes, escuchar música romantica, amar a luis mi rey , escribir, acumular ropa, bajar música, ir a beber, y no poder dejar el maldito cigarro. Con un poco de esfuerzo y orden, pueden coexistir. Yo sigo esperando formar una familia. Sé que lo haré, así como que me llamo Alicia en el país de la realidad.
¿Por qué? Porque a una divorciada alguien la quiso, fue la elegida de alguien, un hombre la amó alguna vez. Bueno, he de decir en este punto que a mí me quisieron, amaron y eligieron. La cuestión es que yo quise y amé también, pero elegí no dar el paso siguiente y rechazar esos dos anillos de compromiso. Una vez le rompí el corazón a alguien y la otra me lo rompí yo misma, pero hoy lo agradezco.
Me felicito frente al espejo porque la presión mía y ajena no venció al valor que le puse a mi amor, ni el precio con el que etiqueté a mi futuro.
Me negué a ser una novia de mentira, tambaleándose en un matrimonio que sabía (o tenía serias dudas) que no duraría “toda la vida”. Ahora soy una mujer soltera de verdad, y no me arrepiento. Volvería a hacerlo.
Me gusta ser soltera porque aún ansío una familia, pero no la que imaginaba en mi mente adolescente cuando veía “Candy, Candy” y a los Ingalls, sino desde la madurez de estos años.
Si me hubiera casado, ahora tendría un hijo al que de seguro adoraría, pero que me mantendría unida por la eternidad a un hombre que en otra situación no quisiéramos ver ni en pintura.
Valientes aquellas madres que crecen con sus hijos, solas. Yo no sé si sería capaz. Sin embargo, el pensar que aún tengo la chance de pensarlo mejor, de elegir el momento, de tomar una mejor decisión, me alienta. Así nada asegure que todo saldrá bien, me gusta no “haber tenido un hijo por tenerlo”.
Me gusta seguir soltera sin casi haberme dado cuenta. No me lo propuse, pero sí me rebelé a seguir, cual borreguito, todas las razones establecidas por imposición familiar, una infancia estricta y católica (sigo siendo católica, pero hace rato que no soy una niña), los planes de los padres, las esperanzas de las abuelas, los deseos de los amigos. Discúlpenme por decepcionarlos. Soy la persona que soy, no he dejado de serlo. Soy yo, ni más ni menos, aunque permanezca soltera para pesar de muchos. Soy el bicho raro de mi familia, la mayor, la “dizque” excéntrica, el rompecabezas por descifrar, el dolor de cabeza de mis padres, la que --según otros-- prefiere ir salir con sus amigos que cambiar pañales, la que tuvo que darles el primer nieto, la que muchas mujeres (y hombres) no entienden: ¿cómo puede alguien preferir la soltería? No me negué al matrimonio señoras, me negué a casarme porque fuese “mi deber” hacerlo.
Muchas veces he escuchado que pertenezco al club de las mujeres que “cambiaron” una familia por su carrera. Por favor. Creo que ya estamos en un tiempo en el que no hay que ser mujeres maravilla para poder elegir nuestros caminos con o sin hijos.
Soy adicta a muchas cosas como Internet, comprar aretes, escuchar música romantica, amar a luis mi rey , escribir, acumular ropa, bajar música, ir a beber, y no poder dejar el maldito cigarro. Con un poco de esfuerzo y orden, pueden coexistir. Yo sigo esperando formar una familia. Sé que lo haré, así como que me llamo Alicia en el país de la realidad.
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