
Ya llegará. Ya vendrá. Lo conocerás cuando menos lo esperes. No te preocupes. Aparecerá en tu vida la persona que te querrá para siempre, que te amará como nadie lo ha hecho jamás, que te tratará como una reina, que te hará feliz. Ya viene. Solo es cuestión de tiempo. Ten paciencia. Lo sabrás cuando lo conozcas. Espera tranquilita. Ya llegará.
¿Ah sí?, ¿alguien lo garantiza por escrito y con carta notarial? Digo, ¿no? La lista de espera, de las que esperan, se sigue alargando. ¿Cómo haríamos?, ¿sacamos un numerito y esperamos en fila?
Cada vez que una mujer le dice a otra (sí, somos nosotras las boconas que repetimos como disco rayado alguna de estas frases) que no desespere, que mantenga la calma para no parecer una chica desesperada, que no piense que se va a quedar solterona (no por Dios, ni mencionen la palabra “s-o-l-t-e-r-o-n-a”, no le vaya a dar un infarto a alguien), que solo hay que esperar la llegada de nuestro Vin Diesel y listo el cuento de hadas. Después vivirán felices para siempre.
La clásica y letal frasecita: “ya llegará” se suelta en este tipo de situaciones:
-Te dejaron. La razón no importa.
-Te dejó por otra (u otro). En esta situación el “ya llegará” viene pegado con goma con el “él se la perdió”.
-Te enteraste que el HDP que te dejó y está con otra. Otro agravante de esta situación es si: “ellos sí se van a casar”.
-Tú fuiste la que dejó a alguien. Y no importa que tú hayas roto la relación porque te dio la gana o cualquiera que fuese el motivo, la cosa es que estás sola, otra vez y por tu culpa. Que en este caso no te sorprenda escuchar un suspirito detrás de tu oreja que diga: “qué cojuda”.
-Te divorciaste.
-Te separaste.
-Estás sola hace un buen tiempo. Días, meses, años. Todo vale.
-Todo tipo de reuniones familiares.
-Las noticias de los compromisos y bodas de amigos, hermanos, conocidos.
-En el estado civil de todos tus documentos dice: soltera.
-Todas las anteriores.
Bueno, ya tengo 23, ni 15 ni 18 ni mucho menos 20 TENGO 23. ¿Y qué creen que me dijeron varias personas que quiero mucho? Pues sí: ya llegará. Y me atreví a preguntarles: ¿quién exactamente llegará?, ¿el mozo con el jugo que acabo de pedir?, ¿mi sándwich de pollo?, ¿ese perfume que me encanta y esos de zapatos de sueño que me mandara mi linda amiga liz?
Claro que se referían a un hombre, pero no a uno cualquiera. Se referían al hombre indicado, al correcto, al perfecto (para ellos). Entiendo que necesiten calmar sus ansiedades y la angustia que les produce que su hijita mayor sea la única en la familia que no halla llevado un enamoradito oficial a la casa o quizás por ahí descartar mi sexualidad, o mejor dicho, mi homosexualidad.
Desde acá les digo, no, no soy lesbiana ni bisexual, y no porque no quiera. No es mi opción, ni mi orientación. Me gustan los hombres. En este punto hasta siento que tengo que pedir disculpas por ser una heterosexual soltera a tres años de cumplir veintiseis (edad ideal para casarte, ya tener una profesión concluida irte de casa a hacer tu vida y ser independiente) . Supongo que para muchas mentes cada cumpleaños que te acerca al número veintiséis.
Mi real pregunta no es ¿quién va a llegar?, mi pregunta es: ¿porqué la llegada del hombre de mis “supuestos” sueños suena a preocupación, a desconcierto, a curiosidad, a consuelo, lo “políticamente correcto” que hay que decirle a una mujer que asiste a reuniones con sus amigas ( ojo todas van con sus parejas) y no tiene a ese alguien con quien compartir ese momento?
En defensa a las personas que me quieren puedo decir que sí, lo admito, me hubiese gustado que esa persona estuviera a mi lado esos días. Pero en su contra les digo que ese tipo de aclaraciones solo hacen sentir que una es una lisiada emocional, que mi vida no está completa, que mi vida no es suficiente para celebrar, que el que sea soltera les provoca: lástima, tristeza, y una cada vez más vaga esperanza de que llegue eso que le hace falta a mi vida.
Sin embargo, para todos, yo ya lo encontré. Fue hace muchos años. Y lo quise. Quería todo con él; una familia, hijos, un perro. Todo lo que mis fantasías y la sociedad parecen exigir. Todo lo que soñé desde que era niña y soñaba con un vestido que cambiaba de color como el de la Bella Durmiente.
Sin embargo, resultó no ser el hombre de mis sueños, sino la peor pesadilla de cualquiera.
Pero quiero aclarar que él no llegó de la tierra de Nunca Jamás. Yo lo elegí. Y hace mucho que ese error y mi paso por la violencia emocional ya no me avergüenza, ni me genera lástima por mí misma, por mi amor y lo que entregué, ni me hace sentir como un fracaso viviente. Pero si seguimos al pie de la letra la teoría eso significa que si ya tuve al hombre al que más quise, al que más odié y que ahora me importa tanto como un pepino partido por la mitad, ¿eso fue todo?, ¿fin del pequeño juego llamado amor?
No pues. Ni cagando.
Es muy peligroso jugar así con nuestras expectativas, ilusiones y fantasías. Hay que poner el freno de mano y un pie en la tierra. A pesar de los errores de juicio, de las desilusiones, de los corazones rotos, de las heridas –tantas veces, tan difíciles de sanar, no podemos hacer que nuestra dirección gire en torno a la popular creencia de que un hombre aparecerá y te dará todo lo que tú misma no puedes darte.
